Reformular el libro

Someone reading

A lo largo del tiempo que llevo trabajando en el sector del libro he visto que, en demasiadas ocasiones, se establecen unas convenciones cuyo origen se ha perdido por completo, y así nadie se cuestiona la necesidad o no de ciertas cosas que damos por seguras. En muchos casos se apela a la «tradición», al «siempre se ha hecho así», al «es como se hace esto» y paro por que me está quedando una lista de sinónimos demasiado larga.

Lo curioso es que quien más usa estas expresiones son la gente relativamente nueva en el sector, ya sea de mi generación o de la anterior generación (se supone que las generaciones son cada 25 años, o eso me enseñaron, creo recordar, en algún momento de mi etapa escolar general básica).

Pero, ¿por qué hacemos ciertas cosas?, o mejor dicho ¿por qué los libros siguen, actualmente, una estructura concreta, una metodología concreta, una cadena concreta? —ojo, que no vengo a hablar de eslabones de la cadena del libro, eso se lo dejo a los apocalípticos y gurusines que abundan en las cloacas del sector—.

Cuando era un neófito sin ningún tipo de formación relacionada con la edición de libros —solamente me había formado como director de arte especializado en diseño de libros, impresos— busqué referentes, textos o personas que me explicaran los libros: cómo se llega a la conclusión de cosas tan banales como que el contenido empieza, preferentemente, en una página impar, y no en una par; por qué existen las páginas de cortesía; qué función tienen las portadas; cuál es la información que debe aparecer en una página de créditos, en qué orden y dónde debe estar dentro del libro, y el porqué de todo ello.

Resulta que de estas cosas se encarga una disciplina bastante desconocida, tan desconocida como importante, la bibliología. Os juro que no me he inventado el término, existe hasta una Asociación Española de Bibliología —que, todo hay que decirlo, parece bastante parada, una pena—. De hecho en la revista de esa asociación, que nació hace 20 años y murió hace 19, se pueden encontrar artículos imprescindibles como «Las nuevas tecnologías en el tratamiento de los textos (Los neotipógrafos)» de José Martínez de Sousa —no os debería extrañar en absoluto que su voz esté aquí—.

No voy a definir lo que hace o no hace la bibliología, quizás estoy totalmente equivocado, en cualquier caso le otorgo la labor de estudiar, cuestionar y proponer el libro como objeto —¡ojo! objeto que puede o no tener entidad física— que debe ser leído, con éxito, por parte de un humano —de momento limitemos a los humanos el target del libro, por no entrar en temas aburridos y cansinos que solo nos interesa a cuatro nerds mal contados—.

En sus sub-disciplinas entran aspectos como la macrotipografía, la microtipografía, la encuadernación, el diseño —tanto el grafismo como el diseño industrial, ya sea del libro impreso como de los dispositivos que deben hacernos de intermediarios para leer libros en formatos digitales—. Y se desprenden también asuntos tan concretos y tan importantes como la navegabilidad o la topografía del libro, que bebe directamente de la fuente de la usabilidad y estos términos tan de moda como la interfaz y la experiencia del usuario —se debe diseñar y planificar la primera, la interfaz, para lograr una buena experiencia para el usuario, es decir el lector—, que a su vez contiene algo tan estudiado como poco entendido como la «legibilidad».

Os voy a poner un ejemplo que describí en un artículo de 2012, justo después de colgar una llamada desesperado por no haber conseguido hacer entender a un cliente mi punto de vista, y cuya justificación fue «es que somos muy clásicos y siempre lo hemos hecho así» —en realidad lo escribí un poco más tarde, pues salí de la oficina a dar una vuelta que acabo siendo una caminada de cerca de hora y media por la larga costa barcelonesa—. El título de ese artículo es «Dónde poner los créditos en un libro electrónico». Vaya tontería, podéis pensar. Efectivamente es una tontería, estoy seguro que alguien que no se dedique a esto de los libros ni siquiera sea capaz de responder a esa pregunta, relativa, eso sí, a libros impresos, correctamente sin abrir un par o tres de libros expresamente. Y justamente esto, de que un lector no editor no sea capaz de responder esa pregunta se trata todo esto.

Vamos a avanzar un poco más en el tema y me voy a dejar de rodeos y abstracciones. Los créditos de un libro impreso van —ahora hay algunos «editores» que van de modernos y los cambian de sitio, dándome la razón en mi urgencia en recuperar esta nuestra disciplina favorita, la bibliología— en una página par a principio del libro. Habitualmente en la página 4 o 6, una página que permite dos cosas muy, muy, pero que muy importantes:

Que a quien le importa un comino los datos técnicos del libro, es decir al lector, ni la vea.Que a quien le interesa encontrar y leer esa información —los cuatro gatos que nos dedicamos a esto de los libros— la encontremos rápida y eficazmente, sabiendo que estará al principio del libro, antes del contenido principal y en una pagina par.

Y esto es por una razón que bibliológicamente tiene mucha importancia, que es la jerarquía de las páginas.

Abran un libro, cualquier libro, háganlo, dejen de leer esto unos segundos.

¿Cual es la página que ven?

Estoy seguro —no voy a poner la mano en el fuego, que la estadística tiene lo que tiene— que la habrán abierto por una página impar y que esta no es la primera página.

Pasen unas cuantas páginas deslizando su dedo por el corte, seguirán mirando las páginas impares. Bueno, tenemos ya la razón de que los libros empiezan en una página impar y los capítulos deberían. Que las portadas, portadillas y otros elementos únicos del interior del libro —de la tripa— estén en una página impar. Pues esa es también la razón de por qué la página de créditos está en una página par.

Ya tenemos una jerarquía clara en las páginas: Es más importante una página impar que una par.

Después tenemos otro criterio jerárquico más evidente: si una página está delante de otra ésta es más importante —siempre que no hablemos de las dos primeras hojas de un libro, aunque eso puede variar dependiendo del tipo de encuadernación y de papel—.

Muy bien, vamos a intentar traducir o trasladar esos criterios al libro electrónico, hagamos ese ejercicio bibliológico. Para empezar la primera en la frente: no tenemos páginas. Pues vaya plan. En fin, tenemos algo parecido a unas páginas que es lo que vemos en la pantalla de nuestro dispositivo o programa sin tocar ningún botón. Vamos a considerar eso una página. Pero lo que seguro que no tenemos —y algunos me podéis rebatir que en determinadas condiciones en un dispositivo o programa de lectura de libros electrónicos se pueden ver dos páginas, muy bien, pero ni es la forma natural de lectura en esos dispositivos ni es el uso que tienen previsto en el diseño de producto— son páginas enfrentadas, es decir no tenemos páginas a la izquierda o a la derecha —quizás empieza a perder sentido eso de hablar de pares e impares, anotad eso para ponerlo en el orden del día—. Es decir que perdemos el principal criterio jerárquico de las «páginas» en un libro, y nos quedamos solamente con uno de los criterio, lo que va delante tiene mayor importancia de lo que va detrás. Creo que ya sabéis donde quiero ir a parar.

Si nuestro criterio al colocar una página de créditos en un libro es «delante» —«porque siempre se ha hecho así— estamos destrozando la primera de las condiciones que he nombrado antes. Le damos una importancia mucho mayor y obligamos al incauto lector a leer la página de créditos, cuando ni le va ni le viene.

¿Como podemos cumplir, entonces, la segunda condición? Los libros electrónicos tienen una lista o tabla de contenidos que se puede activar en cualquier momento fácilmente, si en esa lista o tabla enlazamos nuestra página de créditos, que estará al final, podemos ir rápidamente si realmente lo necesitamos, y la vuelta al principio o cualquiera de los puntos del contenido que están enlazados en esa lista será igual de rápida. En definitiva que podemos cumplir esa condición.

Entonces resulta que si queremos que un mismo elemento cumpla la misma función y en las mismas condiciones en la versión impresa este elemento debe ir al principio del libro y en un libro electrónico al final. Resulta que para hacer «lo que siempre se ha hecho» se debe hacer algo completamente diferente.

Y esto es un pequeño ejemplo muy ilustrativo —y dramático— de lo que está pasando con el libro en estos tiempos. Si olvidamos el porqué hacemos ciertas cosas, erraremos por completo en su aplicación en los «nuevos» formatos, los presentes y los que están por venir. Necesitamos más que nunca el desarrollo de una bibliología profesional que nos permita innovar y desarrollar, a su vez, el libro del presente y el del futuro. Una bibliología que nos permita controlar el libro destinado a la lectura por humanos, y que no sea el peso de las tradiciones no entendidas y las convenciones sin origen aparente el que nos controle a nosotros.

Empecemos, pues, a deshacer convenciones, desgranemos el libro para recuperar la esencia de la bibliología y a formular las nuevas convecciones que cada momento, cada formato y cada tipo de libro nos demande.

Artículo publicado en la revista Texturas n.º 33.